La última vez que lo vi, fue en el velorio de Tula. Era el más compungido, aunque casi no la habÃa conocido. Quizá por eso —pensé—, es que está dolido. A nadie nos importó la muerte de la tÃa, la última de las tÃas que nos quedaba.
Y a él tampoco.
Entre los nadies, nos distraÃamos mutuamente, recordándonos protagonistas de encuentros cuyo único significado era mencionarse en este presente encuentro donde era necesario no enfrentar lo que sabÃamos.
Ruperto, el más compungido, no se aprestaba a escuchar los momentos pasados porque sabÃa que la próxima vez que fuesen rescatados del fondo del ánimo para distraer terrible enfrentamiento, él no los iba a escuchar. Ruperto sabÃase el siguiente.
Siempre fue asÃ. Consecuente con su desfasaje, en la vÃspera de su inexistencia ya se encontraba muerto. Sus recuerdos para distraerse no los usaba para escapar de la muerte, como todos los nadies que estábamos ahÃ. Ni siquiera tenÃa como objetivo ir en contra, y recordar algo terrible [...]











